"La razón del mal" Rafael Argullol (Ediciones Destino) - Fragmento

«Acto seguido el sol tomó el mando de la visión. Un sol blanco, de tamaño mayor al acostumbrado, enseñoreándome del centro del cielo en un mediodía permanente que transgredía el curso de las horas y negaba las noches. Así continuó durante días y semanas, decidido a continuar eternamente. Nadie hacía ademán de marcharse. Nadie ofrecía resistencia. El sol devoraba a sus víctimas entre un silencio total. No hubo lamentos ante el incesante goteo de muertes. Los sacrificados morían disciplinadamente, sin objeción alguna al sacrificio. No se retiraban tampoco los cadáveres que yacían alrededor de los supervivientes. El solo se agrandaba cada vez más, amenazando con cubrir el cielo entero, mientras su calor, como fuego lechoso, secaba la vida.
La idea, todavía visual, trasladó a Víctor a otros escenarios y, como en un carrusel, divisó un vértigo de sacrificios. Animales anfibios para los que no tenía nombre que iban a morir en pendientes arenosas, pájaros que se precipitaban contra la pared vertical de una montaña, platas que habiendo exudado toda su savia se marchitaban sin dilación: escenarios de una naturaleza determinada a la muerte, abandonándose a la laxitud de sus ceremonias terminales. En cualquiera de los casos, el sol blanco presidía como un sacerdote impasible. El carrusel, de pronto, se detuvo. Aún durante un instante pudo ver, en rápido retazo, la explanada y sus pirámides, coloreadas por la masa de cadáveres. Pero esta visión fue rápidamente sustituida por otra en la que aparecía con nitidez la ciudad, si bien, al principio, como si estuviera superpuesta al paisaje anterior. Bajo la lámina transparente se adivinaba la selva y, en su corazón, el holocausto voluntario. Luego, desaparecidas las sombras, la imagen se hacía completamente clara. La ciudad estaba disecada, en un intachable estado de conservación pero sin indicio alguno de vida, y el sol blanco, que había usurpado ya todo su cielo, la iluminaba con una extraordinaria intensidad.
El sol blanco sobre la ciudad blanca: los contornos se desvanecían y las imágenes se rompían en los arrecifes del pensamiento. El despliegue de la idea dejaba atrás las visiones afianzándose en el suelo las palabras. A Víctor cegado, le hablaba una voz remota que en su vuelo parecía capturar otras voces. Alguien desde un lugar desconocido sabía, con rara precisión, lo que a él le resultaba confuso. Esto le atraía de tal modo que concentraba toda su atención. Empero, no le llegaba el contenido de su voz sino únicamente resonancias. Estuvo luchando por entender, sin que sus esfuerzos tuvieran recompensa, hasta que se vio obligado a renunciar sumiéndose en la pasividad. Permaneció con la mente vacía durante un buen rato. Era una situación apacible que deseaba que se prolongara. Pero fue interrumpido, de nuevo, por la voz. Esta vez era comprensible. Se refería a lo que había observado previamente en las imágenes: la existencia, cuando percibía el cansancio de sí misma, se lanzaba voluntariamente a la muerte. Esta vez la voz era demasiado comprensible. Hablaba de mundos que se entregaban a su ocaso. De hombres que, desde lo alto de las pirámides, aguardaban su extinción, de animales anfibios ahogándose lentamente, de pájaros que se destrozaban contra rocas. Y la ciudad, de creerla, pertenecía ya a estos mundos.»