Los caballos del sueño, Clara Janés (Anagrama) Fragmento Pt.2

Alma.

Ni siquiera me estrechaste la mano. Anduvimos carretera adelante envueltos en la atmósfera blanquecina que lentamente se iba matizando de grises hasta quedar devorada por el negro. La capa de suelo que pisábamos estaba helada y la tierra era una masa compacta que a la vez parecía quebradiza, como un terrón de azúcar. Los árboles inmóviles ostentaban sus ramas erectas y desnudas y su corteza opaca. Nosotros, con las manos en los bolsillos, anudados cada uno a sí mismo, dábamos paso a la amenaza del desasosiego. Después, tras la euforia de él y su monólogo, pues apenas apuntamos una palabra, presa de malestae, empecé a delimitar coordenadas a nuestra conducta. Fue, sin embargo, al día siguiente, acaso como en un intento de reparar tu aridez, o simplemente porque olfateabas la disgregación, cuando, de un modo inesperado, mientras dábamos una vuelta por la plaza de Conde de Rodezno, sacaste de la cartera la foto de tu madre y la pusiste entre las páginas del libro que yo llevaba en la mano y, acto seguido, te quitaste el anillo y me lo colocaste en el meñique. Pero no, lo más probable es que hubieras decidido hacerlo durante las vacaciones y actuaras movido por ese impulso anterior que momentáneamente habísa reprimido a causa del grave obstáculo del reencuentro. Las formas expresivas externas también cuentan, y la efusión de Raúl rebasaba un mero indicio de modo de ser para trocarse en lazo comunicativo. Los lazos de afecto que tú tendías, en cambio, eran retráctiles y en una atmósfera inesperada, que barruntabas hostil, se escondían hasta desaparecer. Te paralizabas. Por ello no me estrechaste la mano. yo exigía de ti que con tu voz manifestaras aquel amor que le daba vida en mi ausencia mientras se oía el piano de Mozart, y todo lo que eras capaz de hacer era confiar a las páginas de mi libro la imagen de juventud de tu madre y depositar en mí el topacio engastado en oro de tu abuela, sin que mediara palabra.

Lobo.

¿Podías, acaso, pretender una expresión verbal de los sentimientos, tú, que enunciabas con el nacimiento la muerte del amor, tú que decías «te quiero y a la vez sé que dejaré de quererte», tú, que aun asegurando que no se soportabas, escapabas a tomar vinos con él en cuanto se presentaba la ocasión? Y con todo, recuerdo muy bien –por la sorpresa que mi voz me causó– que te dije poco tiempo después: «Aunque tú me dejes, yo no te dejaré.» Sin embargo, a partir de entonces... Quizá lo que hicimos, ese distanciarnos, ese encerrarnos y luego pasar horas inmóviles en la penumbra de los templos, el vagar solitario por la Taconera y el Redín, no tuvo otro objeto que profundizar en la búsqueda del otro. Tal vez...

Alma.

Tal vez. Y tal vez la búsqueda sea una perpetua carrera entre los árboles.