La paciencia.


Deslizas los cristales y subes la persiana. Te gusta como te hace sentir. Aún no es verano y sientes como te llenas de energía cuando respiras a través de esa pantalla orgánica que tienes en la habitación. Te gusta escuchar los pájaros de los árboles de frente, a los niños en el patio del colegio, a las personas y vehículos que pasan por debajo.

Estás sentada en la silla giratoria, coges las tijeras y el pegamento, y enfrente de la ventana empiezas a cortar palabras y construir frases. És un nuevo método que, inconscientemente, te hace sentir bien y te ayuda a conocerte un poco mejor. 

Miras hacia al lado y ves a Andrei, tu cobaya, comiendo heno. De repente, notas que hay alguien más en la habitación. Es otro ser, otro animal, es una mosca. Tú decides no matarla y ella decide posarse en tu brazo izquierdo. Detenidamente, la miras: ella coge sus patas delanteras y las frota entre sí, luego hace lo mismo con las traseras; y vuelve a repetir sus movimientos, tres veces, quizás cuatro, como si de un bucle se tratara. Sacudes tu brazo y la dejas volar, invitándola a irse por donde ha venido, por la ventana. No lo hace.

Las horas pasan, pero ella es silenciosa y su forma de decirte que está ahí es volviéndose a posar sobre tus brazos. Entras y sales de la habitación varias veces, y la ves ahí, revoloteando por encima de Andrei y por encima de ti mientras estás sentada. Sigues con tu decisión: no matarla. Podrías haber cogido el Casa Jardín y rociarlo por la habitación, pero piensas en Andrei y piensas en que no es sano respirar eso. Piensas en que podrías coger cogido un trapo y ahuyentarla, pero no, tampoco lo haces.

Y ella sigue haciendo acto de presencia. Sigue rondándote, te hace cosquillas y te desquicia.

De repente te das cuenta de que, esa mosca cojonera te ha enseñado algo, te ha enseñado que tienes paciencia, que aunque ha estado tres horas molestándote tú has seguido ahí, como si ella no existiera, como si su presencia no importara, aunque en verdad sea ella la verdadera protagonista de esta historia. Y vuelves a pensar otra vez, que, la mayoría de las veces, necesitamos de otros, aunq­ue sean pequeños y molestos insectos, para darnos cuenta de las virtudes que poseemos.

Francisca Pageo (Mayo 2014)