Inger Johanne Grytting
Soñé que estaba en un mar. En un mar tranquilo, sin olas. Podía ir hasta el muelle o acercarme a la orilla sin temor a que el mar me encerrara. Sobre ese mar estaban las nubes –ah, ese estado cíclico del agua-. Salí de excursión en busca de ríos, pero pasaban los días y no encontraba ninguno. Invadida por la tristeza empecé a llorar. Yo las miraba y miraba y creía ver que ese mar, en realidad, estaba hecho de aquel agua caída de las nubes.

Entonces apareció un río, un río en el que me miraba y quién sabe si también él me miraba, como Narciso. Descubrí que yo misma había creado el río, que ese río nacía de mí. Que yo podía ser mi propia montaña. Y me di cuenta de que siendo yo misma la montaña, viendo mi reflejo en el río, observando el mar, todo estaba bien.

Soñé que si me dejaba llevar por el lado natural de las cosas, podría crear la naturaleza. 

Francisca Pageo. Septiembre 2014



Recuerdo estar sentada en el parque con mamá, papá, la abuela. Yo llevaba mi cámara encima y decidí hacer fotos a las cosas que más me llamasen la atención. 
Habían flores, nubes, árboles, matorrales.

Y me doy cuenta de cómo cada persona somos una flor, una planta, un árbol, cada una diferente de otra, pero cada una perteneciente a un grupo de ellas, a una familia. Me doy cuenta de que nacemos, florecemos, nos marchitamos; pero seguimos con vida, seguimos manteniendo esa esperanza de hacer brotar semillas, de seguir en esta naturaleza de la que provenimos y a la que también vamos.

¿Habrá algo más hermoso que escuchar la historia de una persona mayor? Lo está también en las sonrisas de las personas o en los ojos de un niño.

La naturaleza, como el alma, nos habla en parábolas. Y gracias a ellas, somos lo que somos y todo lo que podemos florecer desde nuestro interior y esa fuerza proveniente del sol llamada luz.

Septiembre 2014.
s

La paciencia.


Deslizas los cristales y subes la persiana. Te gusta como te hace sentir. Aún no es verano y sientes como te llenas de energía cuando respiras a través de esa pantalla orgánica que tienes en la habitación. Te gusta escuchar los pájaros de los árboles de frente, a los niños en el patio del colegio, a las personas y vehículos que pasan por debajo.

Estás sentada en la silla giratoria, coges las tijeras y el pegamento, y enfrente de la ventana empiezas a cortar palabras y construir frases. És un nuevo método que, inconscientemente, te hace sentir bien y te ayuda a conocerte un poco mejor. 

Miras hacia al lado y ves a Andrei, tu cobaya, comiendo heno. De repente, notas que hay alguien más en la habitación. Es otro ser, otro animal, es una mosca. Tú decides no matarla y ella decide posarse en tu brazo izquierdo. Detenidamente, la miras: ella coge sus patas delanteras y las frota entre sí, luego hace lo mismo con las traseras; y vuelve a repetir sus movimientos, tres veces, quizás cuatro, como si de un bucle se tratara. Sacudes tu brazo y la dejas volar, invitándola a irse por donde ha venido, por la ventana. No lo hace.

Las horas pasan, pero ella es silenciosa y su forma de decirte que está ahí es volviéndose a posar sobre tus brazos. Entras y sales de la habitación varias veces, y la ves ahí, revoloteando por encima de Andrei y por encima de ti mientras estás sentada. Sigues con tu decisión: no matarla. Podrías haber cogido el Casa Jardín y rociarlo por la habitación, pero piensas en Andrei y piensas en que no es sano respirar eso. Piensas en que podrías coger cogido un trapo y ahuyentarla, pero no, tampoco lo haces.

Y ella sigue haciendo acto de presencia. Sigue rondándote, te hace cosquillas y te desquicia.

De repente te das cuenta de que, esa mosca cojonera te ha enseñado algo, te ha enseñado que tienes paciencia, que aunque ha estado tres horas molestándote tú has seguido ahí, como si ella no existiera, como si su presencia no importara, aunque en verdad sea ella la verdadera protagonista de esta historia. Y vuelves a pensar otra vez, que, la mayoría de las veces, necesitamos de otros, aunq­ue sean pequeños y molestos insectos, para darnos cuenta de las virtudes que poseemos.

Francisca Pageo (Mayo 2014)