Reseña "Para hacer el retrato de un pájaro" de Jacques Prévert (Nórdica)


Ay, los pájaros, cuántas cosas podemos sacar simbólica y metafóricamente de ellos, ¿verdad? Parece que siempre nos quieran decir algo, ya sea por su color, por sus diversas especies, por sus cantos o por sus aleteos. En este pequeño relato que publica Kalandraka, Jacques Prévert hizo uso de todo ello, mostrándolo desde un punto de vista infantil pero también inteligente y astuto. Un relato al que, demás, le sumamos las preciosas ilustraciones de Mordicai Gerstein, que ayudan a los versos, que los narran y se entretejen con ellos.

La historia de este poema, que en realidad es un pequeño cuento, nos sumerge en la vida de un muchacho que pretende dibujar un pájaro. Gerstein se anticipa a la historia que Prévert nos cuenta y es que, a veces, las ideas, sin quererlo, salen de nuestros sueños. Así, pues, el protagonista de nuestra historia se levanta con la intención de ilustrar el pequeño pájaro que le visitó mientras estaba durmiendo; para dibujarlo, comprende, ha de ponerse en situación. Debe pintar una jaula en su misma jaula, su habitación, y a la vez, debe dibujar la misma naturaleza en la que el pájaro creció, pues qué es, sino, el vivo retrato de un pájaro si este no se halla en la naturaleza, qué es, me pregunto. El chico, entonces, debe plasmarlo en el lienzo y para ello se marcha al parque, o quizás, posiblemente, a un bosque: he aquí el hábitat del pájaro.

Como todo buen artista, el chico busca la luz adecuada, el plano adecuado, el momento perfecto. Pero, recordemos, debe retratar a un pájaro, y, como bien sabemos, el pájaro siempre va de aquí para allá, de allá para acá, por ende, debe esperarlo, captarlo, como también lo hace el fotógrafo. Nuestro protagonista debe esperar, ser paciente, aunque pasen días, meses o años, pues bien sabe que un día el pájaro vendrá. Y es que de ahí nace el buen cuadro, el lienzo que nuestro chico está pintando. Hay que buscar, hallar y encontrar el momento justo. El momento en el que la naturaleza se alía con nosotros y nos ayuda a ser partícipes de ella.

Y el pájaro llega. Y el muchacho lo pinta. Y ya no solo dibuja el pájaro, sino que borra la jaula y, además, pinta el paisaje. El muchacho es ahora, pues, la propia naturaleza. Se ha convertido en parte de ella, en una herramienta, pero también en un canal, ya que con la ayuda de la hermosa luz del día termina de embellecer lo que la naturaleza ya es. Y el muchacho pinta el canto. ¿Se puede pintar el canto de un pájaro? Por supuesto: Prévert y Mordicai lo han hecho.

Contento con su cuadro, el muchacho se lo lleva a su casa. Pero algo ocurre… Y es que, como hemos dicho, sabemos que este no es el hábitat del pájaro. Sabemos que la jaula ya no está. Sabemos que por mucho que retratemos los momentos justos, los momentos perfectos, son solo momentos. Es aquí donde reside la belleza ya no solo de un lienzo, sino también del pájaro, de la naturaleza, de los pequeños instantes que tenemos en nuestra vida, de los pequeños atisbos de felicidad que duran un segundo, un minuto, una hora. Estos momentos son efímeros. Pero, recordemos, así como sabemos que estos momentos son pasajeros, vendrán otros. Y quizás venga otro pájaro, de otro color, que pertenezca a otro árbol, cuyo paisaje pertenezca a otra estación, cuyo canto sea al amanecer en lugar del pleno día. Es ahí donde reside la belleza de lo efímero: en que un momento dará lugar a otro, y así, continuamente, hilaremos nuestra historia, como el pájaro que va hilando sus movimientos, su vida, de un árbol a otro.

Publicado originalmente en Diarios Détour.