Reseña de "La extensión de mi cuerpo" de Walt Whitman (Nórdica, 2014)


Si bien los trascendentalistas nos han dado a conocer el mundo -su mundo, no lo neguemos- desde un punto de vista naturalista, bello, un lugar donde el alma se identifica y se compenetra con la naturaleza, solo Walt Whitman nos ha podido hacer ver que el cuerpo humano también lo puede ser. Y de eso trata este largo poema convertido en un bello libro ilustrado en la edición que publica Nórdica.

Whitman nos habla desde su espíritu. Como él mismo dice: se canta a sí mismo y se celebra. Nos embauca en una canción, casi infinita, no solo sobre lo que su cuerpo percibe a través de los sentidos, sino también de lo que vive y lo que experimentan su alma y su mente a través de él. Su cuerpo es, aquí, además de una metáfora, también una alegoría de la vida y la propia muerte. A través de sus versos observamos cómo el cuerpo cambia con el paso de los años, cómo el mismo cuerpo avanza sin que nosotros lo modifiquemos. Es así, el cuerpo, como la propia naturaleza, se extiende, se expande, se muere.

El cuerpo, aquí, también es un mediador de las relaciones humanas. El autor enfatiza su deseo por el cuerpo de la mujer, así como la importancia de la vista, el tacto y del contacto. Es el toque y la observación de la carne, como si esta fuera una expresión misma de la naturaleza humana; pero Whitman la traspasa, la trasciende, llegando asimismo al espíritu de las demás personas. En ese espíritu se ve reflejado, pues es aquel lo que sin querer nos une. El espíritu de la naturaleza y el del hombre. Para él, aunque cada cosa exista por separado, todo es uno. Los cuerpos, entonces, son múltiplos del ser. Múltiplos que se entrelazan y se unen.

Y qué decir de las ilustraciones de Kike de la Rubia. Estas nos adentran en ese mundo que Whitman relata, a través de colores, formas y composiciones en un espacio, que, aunque parezca limitado, pertenece al infinito, como le es afín a la naturaleza. Los protagonistas de las ilustraciones representan vidas humildes, dedicadas a la agricultura, así como al contacto que podemos tener con el reino animal o a simples placeres mundanos como pueden ser beber una copa de vino o nadar en un lago. Se hace difícil ver las ilustraciones y no observarlas, pues en ellas encontramos vidas a las que no estamos acostumbrados, vidas que si bien nuestros antepasados -como lo podían ser mis abuelos y bisabuelos- vivían, nosotros no conocemos.

Este libro es, por tanto, más que unos simples versos, una oda al cuerpo y a la vida terrena. Una oda a lo que podríamos denominar como tercera dimensión. Sentimos no solo lo que percibimos a través de nuestros sentidos, sino también del espacio y el tiempo. Así, pues, Whitman logra comunicarnos cómo desde su percepción podemos hallar poesía, belleza y sosiego; pues se convierte en una lectura calma, tranquila, pero por no por ello llana; pues se exalta a sí mismo, como también lo hacen los colores, las formas y la misma naturaleza, que tanto Kike como Whitman muestran.

Para el autor, la vida, la existencia, se convierte en milagro. Y nosotros no solo observamos este milagro, sino que también lo vivimos a través de él. Es difícil escapar a algo que nos ata, como lo hace con nosotros nuestro mismo cuerpo.

Son, entonces, estos versos, la misma naturaleza. Creándose y comunicándose a través de Whitman.
Son, entonces, estos versos, el mismo milagro del que Whitman nos habla.
Son, entonces, estos versos, la misma vida.

Publicada originalmente en Diarios Détour.