El lenguaje al infinito.

Imaginemos el infinito, ¿lo puede hacer? Vamos, no es tan difícil como usted cree. El infinito no tiene que ser una línea sin fin, ya Escher nos ayudó a imaginarnos un infinito perceptible, que si bien es cierto, no podemos observarlo infinitamente nos permite observar lo inagotable, incluso percibirlo a través de lo que no es infinito: la vida, podemos observar las cosas a través de sus distinciones o sus opuestos, es decir, aunque el hombre sea finito tiene la capacidad de imaginar y de deducir la infinitud, como es el caso de los fractales.

Ahora reflexionemos, ¿el lenguaje es finito o infinito? Tenemos un número finito de signos, el cual probabilísticamente podrían acaberse las combinaciones en algún momento, en 1913 Émile Borel hizó pensar sobre este fenómeno; su teorema de los monos infinitos dice más o menos así: Entramos en un salón lleno de monos, o simplemente imaginemos un número infinito de monos, cada uno frente a una máquina de escribir, pulsando al azar letras un número infinito de veces, si esto sucediera, ¿qué pasaría? En algún momento, según piensa Borel, esas letras pulsadas al azar podrían formar una obra de Shakespeare o de quién se quiera imaginar.

Con esto podríamos pensar que aunque sea sumamente improbable que pasará este hecho, no sería imposible, y con ello podríamos pensar que el lenguaje por sí mismo es finito. Llevemos al absurdo este teorema, a pesar de que esto pasará sería de un libro ya escrito, una combinación clara de signos que se busca que sea repetida.

¿Qué pasa si se busca nuevas obras? ¿Cuántas obras pueden ser escritas a partir de la combinación de signos? Entonces, si imaginamos la posibilidad de combinación sería inagotable, como lo observamos en el cuento de Borges La biblioteca de Babel que empieza: “El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales”en la cual se encuentran libros de 410 páginas con todas las combinaciones de 25 signos que pueden existir, no sólo son un número inimaginable de libros, igualmente lo serían las interpretaciones. Cuantas veces se ha dicho: si vuelves a leer el mismo libro, tú ya no serás el mismo que lo leyó la primera vez y por ende no será el mismo libro para tí.

Es así que nuestra pregunta inicial se complejiza. Norbert Elias habla del lenguaje como posibilidad y limitación de comunicar simultaneamente. Podemos expresarnos y sentir en la medida en que tenemos palabras para hacerlo, necesitamos recurrir a otros idiomas cuando empezamos a conocer otras sensaciones o a la inversa. Un ejemplo es Wanderlust( se podría traducir como: un gran deseo o impulso por viajar), pero ¿qué pasa cuando no tenemos esas palabras? ya en 1984 de George Orwell se planteaba el fenómeno, la llamada neolengua, llevando hasta sus últimas consecuencias un lenguaje que limita, tanto que se tenía la finalidad de disminuir el área de pensamiento reduciendo las palabras al mínimo indispensable.

Mi crítica hacía esta visión es que no plantea las posibilidades y el contexto del uso del lenguaje. No es la palabra por sí sola la que da significado: el tiempo, el uso y el espacio las llenan también de contenido, incluso el cuerpo cobra significado, es decir, el lenguaje va más allá de palabras y por eso las combinaciones no son sólo de signos sino de símbolos. Incluso en el caso de la literatura, la percepción va más allá de ordenar un mundo, como vimos podemos hablar del infinito o de la recursividad, cuentos dentro de cuentos que se narran a sí mismos, el caso de La continuidad de los parques de Julio Cortázar es una claro ejemplo de este ejercicio.

Es por esto que creo que el lenguaje, y con ello el pensamiento, es infinito y el arte como organizador de mundos ficticios también lo es. La idea de un lenguaje que pueda decir todo y acabarse en algún momento es imposible, no son combinaciones de signos los que dan caracter a lo que decimos, nunca diremos algo, ni se interpretará algo de la misma forma dos veces. El infinito nunca será exacto. Una hoja en blanco puede contener todas las posibilidades.

Artículo de Valeria Ruiz, publicado originalmente en Paradigmas.