Realidad, arte y conocimiento - Luis Álvarez Falcón (Horsori, 2009)

- El problema del ser y el problema del conocer.
- La experiencia estética del arte constituye un banco de pruebas que nos permite acceder excepcionalmente, a través del mismo, a la estructura de nuestra propoa subjetividad, al término de una escala de registros gnoseológicos que, concomitantemente, son también niveles de realidad.
- Las condiciones que hace posible la experiencia del arte tienen su origen en las condiciones que hace posible el conocimiento.
- La obra de arte rompe al instante y los flujos temporales comienzan a cruzarse de una forma extraordinaria. El presente ha quedado suspendido y el decurso uniforme del tiempo se ha roto.
- Cuando el momento artístico se extinque como objeto, aparece la expriencia estética.
- El arte modifica nuestra concepción de la realidad, abriendo un vacío intermedio, una región eminentemente real que discurre a espalda del espacio objetivo y del curso uniforme del tiempo.
- El arte consiste en encaminarnos hacia una impresión de transcendencia en relación con un mundo de seres y de cosas.
- La letra impresa ha salido a la calle en forma de cartel publicitario, y ha sido hecha esclava de una cultura de choque y la conmoción encaminada a la distracción superficial. La conciencia colectiva, ahora masa, recogerá impresiones visuales sin experimentarlas. Ya no cabrá hablar en Benjamin de "alienación", sino de falseamiento, confusión y, en definitiva, de uso ilegítimo de la "apariencia". La cultura de masas, al igual que la propaganda barroca, explotará la dialéctica inherente a la lógica de la experiencia estética para producir confusión, imposibilitando a través de la distracción, la posibilidad enfática de la "verdad".
- La pretensión metafísica, en consonancia con una determinada tradición filosófica que se otorga al arte, convierte su producción –genio– y su recepción –experiencia artística– en un vehículo de revelación de lo absoluto.
- La hipóstasis de la obra le convede un estatuto de realidad aurática que forma parte de la expresión de una mitología mágica, transcendiendo lo humano en la contemplación de lo divino.
- La lógica de la experiencia del arte es la lógica de una oscilación entre lo que parece y lo que aparece.
- La belleza del arte dependerá de una cierta incapacidad de nuestras facultades sensibles de conocer, de nuestra limitación subjetiva para unificar la multiplicidad sin orden que se presenta ante la intuición.
- El arte, en su irrealidad, conseguirá transladarnos a una profundidad mundana, ontológicamente originaria, que va a irrumpir de modo intempestivo en la esfera de la vida habitual, como un transfondo primitivo, como un pre-ser anterior a la donación del mundo, donde la humanidad ha quedado sustraída y donde sólo queda una forma de des-humanización reductiva en la que se disuelve la co-existencia humana.
- El contenido de la verdad de las obras de arte es la solución objetiva del enigma de cada una de ellas. (...) La zona de intermediación entre lo irrealizable y la realidad es la que constituye su enigma.
Lore, Cate Shortland (2012)

¿Qué tal si empezamos a pensar con el corazón?

Propongo una cosa, ¿y si en vez de ir contra el sistema se trabaja para hacer otro? ¿No creéis que así la gente se daría cuenta de que, realmente, otras cosas son posibles? En realidad dejamos a otros que nos lleven por el camino que a ellos les interesa, pero no nos damos cuenta de que nuestro camino, nuestro propio camino, ese que nos dice nuestro corazón, no pertenece y ni siquiera se parece a nada de lo que nos pretenden dar.

Hay que darse cuenta de que estamos creando la realidad constantemente con cada cosa que pensamos, sentimos y hacemos. Las crisis hay que aprovecharlas para decidir nuestro camino, nuestro propio camino. No deberíamos dejarnos llevar por el miedo que nos infundan porque esa es su manera, inconscientemente, de hacernos creer que tienen el control sobre nuestras vidas y estamos ahí, esperando a que nos solucionen las cosas cuando somos nosotros las que las tenemos que solucionar por nosotros mismos, cada uno en la manera que puede.

Esto me recuerda a Neo de Matrix, cuando tiene que elegir la pastilla azul o la pastilla roja:
¿Preferís vivir en un mundo totalmente engañados, en el que te dicen lo que tienes que pensar, lo que tienes que vestir, lo que tienes que hacer y lo que tienes que sentir, o preferís tomar las riendas de vuestro corazón? Pensad en ese anciano que, próximo a su muerte, se da cuenta de que no ha hecho lo que realmente tenía que haber hecho en su vida, eso que siempre había sentido dentro, pero que por miedos, por imposiciones, por obligaciones a la sociedad en la que vive, no lo ha hecho.

En conclusión,
no se trata de ser anarquista, si no de hacernos responsables de nuestra propia vida y de hacer de ella algo mejor. Porque quizás, después de todo lo que estamos viendo y haciendo, deberíamos de empezar a «pensar con el corazón», no con prejuicios e ideales mentales. Esto es, trabajar desde la sabiduría, la bondad, el amor, lo verdadero y lo que es justo.
Un nuevo sistema no es una utopía si cada uno empieza a responsabilizarse de sí mismo, pues todas las personas hemos puesto nuestro grano de arena para construir la sociedad en la que estamos. Entonces, ¿no podemos poner nuestro grano de arena, nuestro mejor grano de arena –ese que no contiene ni prejuicios, ni ideologías, ni miedos, ni tristezas– para cambiarla? Me parece que no nos damos cuenta de que en realidad lo más importante es eso, que es eso por lo que se debería luchar, más allá de géneros e ideologías. Y aunque hay más cosas por las que luchar, aparte de que también cada persona tiene su propia lucha y su propia visión –cosa que es obvia– considero que deberíamos de tener eso como base. Más que nada porque es de ahí es donde sale el respeto, los valores, la pasión por la vida...

Un sistema y sociedad que no tenga una base adecuada, esta es: de libre armonía, respeto, sin egoísmos y puesta en común entre sus gentes, muy difícilmente será una sociedad constructiva, sabia, transparente e involucrada en el crecimiento y desarrollo completo del ser humano.

Destellos de conciencia.

En Una historia secreta sobre la consciencia, Gary Lachman ofrece no solo una larga explicación sobre las concepciones que ha podido tener la consciencia en su ámbito más espiritual y esotérico, sino que también hace una llamada de atención a diversos aspectos procedentes de ella que hemos dejado de lado y no hemos podido ni sabido ver a lo largo de los siglos. Está claro que la consciencia no es sólo algo que ¿debe? ser estudiado científicamente, sino que también debe ser experimentado para hacernos, a su vez, lúcidos y consecuentes con ella. Curiosamente, y en prácticamente todos los casos que nos expone Lachman en este libro, es a través de insights (en todos sus tipos, ya sean estos intelectuales, emocionales y/o estructurales) que tomamos consciencia de ella.

Solemos tomar el mundo real como lo que experimentamos a través de los sentidos, pero ¿es realmente así? Tanto místicos como artistas, filósofos, psicólogos o gente que ha experimentado estados alterados de conciencia -también podemos tomar como ejemplo diversas culturas ancestrales como las egipcias o la gran civilización matriarcal de la Edad de Piedra- nos hablan de otros mundos que están en este; mundos que conocemos como el inconsciente colectivo, como el de los arquetipos, los sueños, el de la antroposfera o el mundus imaginalis del que nos hablan los sufíes. Todos estos mundos nos dan atisbos de otras esferas en las que la consciencia aún puede desarrollarse y que a su vez nos hacen avanzar en el entendimiento del mundo en el que vivimos. Desgraciadamente, no logramos comprender cómo funciona para así llevarla a cabo de una manera consciente y creativa. 

Tal como nos exponen Rudolf Steiner o Jean Gebser, no es idóneo que el estudio de la consciencia se base solo desde un punto de vista científico, pues así se pierde la capacidad de percibir significados, los cuales hallamos cuando leemos poesía, a través de sus metáforas, cuando observamos y experimentamos una obra de arte e incluso cuando soñamos. Con ello nos damos cuenta de la importancia que tiene la simbología en ella. Debemos ser conscientes de que si las estructuras mentales nos dan un concepto del mundo, la estructura mágica-sensible nos lo vitaliza, y es la estructura integral de ambas la que las convierte en verdad. Una y otra deben ir unidas, y es un error que visualicemos la consciencia como un proceso puramente cerebral; la mente, tal como nos exponen aquí, no existe aislada del mundo, sino que está vinculada a él de maneras que muy pocos conocen, ya sea a través de visiones (como nos señalaban Mavromatis o Emmanuel Swedenborg), percepciones o intuiciones. Según Gebser, para apreciar la estructura mágica debemos realizar ciertos sacrificios, como pueden ser una reacción a la masa/sociedad, la soledad o un proceso tanto interno como externo de autorrealización.

Prácticamente todos los autores que nos muestra Lachman nos hacen ver cómo la humanidad va encaminándose cada vez más hacia un enorme cambio de consciencia, una gran transformación que bien podría destruir la civilización tal como la conocemos. A lo largo de los siglos se han ido implementando ideas, concebidas por algunos pocos, que se han trasladado hacia la masa, que nos han permitido concienciarnos de cosas a las que antes no podíamos llegar. Tenemos que darnos cuenta de hasta qué punto nuestra mente y nuestros actos son responsables del mundo que hacemos y de todo lo que nos rodea. Así se ve cómo cada vez hay más gente consciente del sufrimiento, tanto animal como el que se percibe de otras personas y uno mismo, y cómo la ética, la ecología y el humanismo han ganado terreno, por nombrar algunas de las cosas que podemos observar objetivamente en nuestro día a día.

¿No es quizás lo que realmente necesitamos? Ser conscientes de lo que hacemos, de cómo lo hacemos, de por qué lo hacemos… Una ve y siente que la consciencia está ahí para que nos demos cuenta de ella, para que la usemos de manera constructiva y creativa. Cada vez que somos conscientes de algo, y cada vez que lo cambiamos, podemos hacer de las cosas y del mundo algo mejor. Pero tenemos que darnos cuenta de que para que la consciencia sea realmente viable, algo de lo que podemos ir aprendiendo, debe de ser internalizada, sentida tanto con la lógica como con el corazón, pues de lo contrario la consciencia no puede crecer. Así, observamos que la consciencia crece y se expande si aprendemos a ser flexibles, si aprendemos a abrirnos a otras concepciones, miradas y percepciones. Y es eso, a fin de cuentas, lo que Lachman pretende transmitirnos.

Una historia secreta de la conciencia, Gary Lachman (Ediciones Atalanta, 2013)
Reseña publicada en Diarios-Détour