Sobre la belleza. Fragmentos de "El duelo de existir", de Andrés Ortiz-Osés (Libros del Innombrable)

- Podemos definir la belleza como armonía o consonancia, pero una armonía que armoniza la disarmonía circundandte y una consonancia que consuena la disonancia en torno. En efecto, la belleza comparece en nuestro mundo como un logos sobre el caos y una simetría sobre la disimetría: su mejor exponente es el bello estrabismo maya, el estrabismo considerado por los mayas como belleza oblicua o transversal. La belleza parece tener entonces algo de sublimación o estilización, algo de redención y salvación de lo feo, algo de articulación, elevación y sublimidad. Y así es, la belleza suprema o sublime es como una sublimación de lo subliminal, la consonancia de la disonancia, la articulación del caos.
Así concebida la belleza y su formosidad implica una cierta formalización de la materia y una cierta espiritualización de lo sensual o sensible. De esta guisa la belleza emerge como promesa de sentido o incluso como la transparencia simbólica de sentido, así pues como un sentido incoado y emergente, surreal y simbólico. En efecto,  el símbolo armoniza al diábolo, de modo que la belleza sería símbolo de un diábolo, sublimación de un demon (eros), idealización platónica que transita de la carne al espíritu.
- La belleza espiritual o suprasensible, trascendente o sublimada, pura o ideal, simbolizada por la apertura de la finitud a la infinitud y del tiempo a la eternidad.
- La belleza sin espiritualidad es mera grosería: la espiritualidad sin belleza es pura altanería.
- La mediación de belleza y espiritualidad se realiza en el médium de alma, que es el ámbito del sentido.
- Es el amor el que espiritualiza la belleza y la humaniza.
- La belleza que huye del mundanal ruido, se apalabra humanamente y transita a la espiritualización conduce a la trascendencia, la muerte y el silencio.
- Hablemos de mar y del amar, lo más extenso de nuestro universo interior, y lo más intenso de nuestro universo interior. Resulta que en el mar, sobre un fondo siniestro, emerge una belleza pura y cristalina, empañada empero por la transparencia de la sangre derramada en sus bajos fondos.
Por su parte, en el amar, sobre un mismo fondo de lucha por la vida, emerge la belleza del amor, siquiera empañado por el desamor. Todo tiene su precio, y la vida avanza a costas de la muerte. También la belleza en su expansión nos conduce a una libertad o liberación paradójica de la propia belleza, mientras que la experiencia de la libertad espiritual nos conduce a la necesidad no-libre de la muerte.
- En la dialéctica entre belleza y espiritualidad, la síntesis descubre la «belleza espiritual».
Ahora bien, la belleza espiritual encuentra su encarnación simbólica-real en la «bondad». Mientras que la belleza nos pone o arma (sintomáticamente), la bondad nos depone o desarma simbólica y realmente (surrealmente). La bondad es así la realización de sentido existencial del hombre en el mundo. El sentido existencial comparece entonces como belleza humana o humanada: sublimada y encarnada: apaciguada. Este sentido existencial encarnado en y por la bondad, no es un sentido meramente abstracto sino concreto, y se expresa como amor. El amor es por lo tanto la vivencia constituyente y constituida por la bondad, precisamente en cuanto aferencia y apertura al otro por compasión o consentimiento (convivencia). Finalizamos coimplicando lógicamente la belleza (espiritual) y la bondad: a la cual responde el amor (humano) como sentido (existencial) del hombre en el mundo.