«¡Pobre y magnífica alma! Donde tú estás, hay revolución, hay lucha contra la maldad, hay una vida nueva, está Dios. El alma es amor, el alma es futuro, y todo lo demás es solamente materia, impedimento, un desperdicio de nuestras facultades divinas.
Y seguimos pensando: ¿No vivimos en un tiempo que con voz estentórea se autocalifica de nuevo, en el que los antiguos conceptos de la humanidad sufren una transformación total y la fuerza se impone en una proporción alarmante, donde la muerte violenta es algo cotidiano e impera la desesperación? ¿No estará el alma detrás de estos acontecimientos?
¡Pregunta a tu alma! ¡Pregúntale a ella, que es el futuro y cuyo nombre es amor! ¡No preguntes a tu razón, no busques en la historia del mundo! Tu alma no te reprochará que te hayas ocupado poco de política, trabajado poco, odiado poco a los enemigos, fortificando poco las froenteras. Pero tal vez te reproche que hayas retrocedido demasiado a menudo ante sus exigencias, que te hayas inhibido y que nunca hayas encontrado tiempo para entregarte a ella, tu más joven y más hermoso retoño, para jugar con ella y escuchar sus cánticos; en tu ansia de lucro, la has vendido y traicionado con demasiada frecuencia. Y por este motivo, dondequiera que mires, sólo verás rostros atormentados, nerviosos, malignos; los hombres han dedicado su tiempo a lo más inútil, a la bolsa y al sanatorio, y esta terrible situación no es más que un grito de alarma, un aviso sangriento. «Si te olvidas de mí, estarás nervioso y odiarás la vida -dice el alma-, y así continuarás y conseguirás tu propia destrucción a no ser que te vuelvas hacia mí con renovado amor y diligencia.» No son en modo alguno los débiles, los insignificantes, quienes enferman con el tiempo y pierden la facultad de ser felices. Son casi siempre los buenos, los gérmenes del futuro; son ellos los que descuidan su alma y se resisten a luchar contra un falso orden del mundo, aunque tal vez mañana se decidan a ello.
Contemplada desde aquí, Europa semeja una durmiente que lucha contra las pesadillas y se hiere a sí misma. 
Sí, ahora lo recuerdas: un profesor te dijo hace tiempo algo parecido, que el mundo sufre a causa de materialismo y del intelectualismo. Ese hombre tiene razón, pero no podrá ser tu médico, como tampoco curarse a sí mismo. La inteligencia hablará en él hasta su propia destrucción. No se salvará.
Cualquiera que sea el rumbo de mundo, no encontrarás médico ni ayuda, no hallarás futuro ni impulso nuevo más que en ti mismo, en tu pobre alma maltratada e indestructible. Carece de sabiduría, crítica y programa. Sólo es fuerza motriz, sólo futuro, sólo sentimiento. Los que la han seguido son los santos y los predicadores, los hérores y los estoicos, los grandes generales y los conquistadores, los magos y los artistas, que iniciaron su camino desde abajo y lo culminaron en las cumbres de la bienaventuranza. El camino del millonario es otro, y termina en el sanatorio.»

Mi credo, Hermann Hesse