"Feliz emprendí mi largo camino a casa en la noche fresca. Aquí y allá regresaban a sus casas estudiantes ruidosos y tambaleantes. Con frecuencia había sentido la discrepancia entre su absurda alegría y mi vida solitaria, a veces con una sensación de envidia y otras con sarcasmo. Pero nunca había sentido con tanta tranquilidad e intensidad lo poco que aquello me importaba, lo lejano y remoto que me resultaba aquel mundo. Me acordé de algunos funcionarios de mi ciudad natal, señores de edad honorables, que evocaban las juergas de sus años estudiantiles como si se tratara de un paraiso perdido y veneraban la “libertad” de aquellos años como pudiera hacer los poetas y otros románticos de su infancia. ¡Por todas partes lo mismo! Por todas partes buscaban la “libertad” y la “felicidad” en el pasado, de puro miedo a verse confrontados con su propia responsabilidad y con su propio camino. Pasaban unos años entre borracheras y juergas; luego se sometían y convertían en señores muy serios al servicio del Estado. Sí, nuestra sociedad estaba corrupta; y esta estupidez estudiantil aún era menos estúpida y peligrosa que otras muchas más.

Cuando llegué a mi apartada casa y me metí en la cama, estas ideas desaparecieron y todo mi pensamiento se concentró en la gran promesa que aquél día me había deparado…

Había comenzado un día muy importante para mí; y veía y sentía el mundo que me rodeaba transformado, expectante, lleno de ideas y festivo… Ninguna casa, ningún escaparate, ningún rostro en la calle me molestaba; todo era como tenía que ser, pero sin el aspecto vacío de lo cotidiano y acostumbrado: era naturaleza expectante, preparada respetuosamente a recibir al destino."


Demian, Herman Hesse