"La facultad de captar la bondad de todas las formas y, por consiguiente, también las secretas delicias de la verdad, es innata e inherente a nuestros sentidos, tanto externos como internos. Sin estar educado, el oído capta y de algún modo siente las medidas, armonía y melodía de los tonos, pues la mente se ve afectada de inmediato de manera correspondiente. La vista capta espontáneamente la belleza de la naturaleza y los vínculos armoniosos y bellos entre objetos diferentes. La lengua capta las cualidades agradables de las viandas y licores; y el olfato, las fragancias de diversos aromas. Así también la mente racional o intelecto distingue al instante y sin vacilar, la verdad de las cosas y la concordancia de las formas con el orden de la naturaleza; y, por tanto, con el intelecto mismo, pues dulcemente satisfacen y agradan y hacen emerger emociones profundamente ocultas. Por lo cual, siempre que una verdad brilla, la mente se entusiasma y regocija, lo que constituye prueba de que cierta mente superior o alma... en tales momentos se vuelve más dadivosa, más libre, como si se liberara de sus cadenas, más activa, más presente en su influjo y más próxima a su correspondencia. Pues el alma que fluye con su luz al interior de la esfera de la mente intelectual, contiene en sí misma orden y verdad, y, de este modo, por virtud de su propia naturaleza, siente, aprueba y señala de cierto modo universal la presencia de todo aquello que sea congruente o armónico."

El habitante de dos mundos, Emanuel Swedenborg