"He conocido a jovenes que pertenecían al mundo de los dioses. Sus ademanes recordaban la trayectoria de los astros; nadie podía extrañarse de hallar insensible su duro corazón de porfirio; si tendían la mano, la codicia de aquellos exquisitos eran un vicio de los dioses. Como todos los dioses, revelaban inquietantes parentescos con los lobos, los chacales, las víboras: si los hubieran guillotinado, hubieram adquirido el aspecto lívido de los mármoles decapitados. Hay mujeres y jovencitas que proceden del mundo de las Madonas: las peores amamantan la esperanza como a un hijo prometido a futuras crucifixiones. Algunos de mis amigos salen del mundo de los sabios, de una especie de China o de India interior: en torno a ellos el universo se disipa como el humo, cerca de esos fríos estanques donde se mira la imagen de las cosas, las pesadillas merodean como tigres domesticados. Amor, mi duro ídolo, tus brazos tendidos hacia mí son vértebras de alas. He hecho de ti mi virtud; acepto ver en ti al dominio, al poder. Me entrego a ese terrible avión propulsado por un corazón. Por las noches, en los tugurios adonde vamos juntos, tu cuerpo desnudo se parece a un ángel encargado de velar por tu alma."

Fuegos, Marguerite Yourcenar