"El artista, en relación al arte, quiere que evolucione. En lo relativo al arte, el artista es reformista, no revolucionario.
La diferencia entre el arte y el mundo, entre el arte y el ser, es que el mundo y el ser se perciben en los hechos (físicos, emocionales, intelectuales) reales y el arte visualiza esa realidad.
Si se trata de la visión del mundo del artista, ésta puede ser una verdadera toma de conciencia de la realidad. Pero, si se trata del producto, del arte -es decir, de la cosa que ve el consumidor- es entonces una realidad fijada y arbitraria lo que se propone, la realidad deformada por el individuo que, queriendo expresar su propia visión del mundo, deja de expresar lo real para hacer de ello una ilusión de la realidad.
El artista lleva a cabo entonces su tarea dictatorial. Impone, pura y simplemente, al consumidor su visión del mundo (que es, en el producto de consumidor, la ilusión del mundo y de ser). Y, como se encuentra que es el único que sabe expresarla, se le toma como guía; es como cada uno elige a su maestro. Es más, admitiendo que el arte fuera ilustrado -como se dice de un déspota- ¿qué clase de diálogo podría entablarse si la base del discurso es falsa? Es un diálogo de ilusionistas. Por tanto, ¿qué realidad se podría descubrir a través del arte si el arte es falso y desde el principio encamina el pensamiento del espectador en una dirección falsa que es la aprehensión del mundo del arte? Siempre será igual mientras el arte sólo se acerque a lo real en lugar de ser realidad en sí.
En concreto, tal como están hoy las cosas, el papel del artista no es de mucha trascendencia [...] Porque la cultura, y el arte, tal como se conciben en la actualidad, son, desde luego, el elemento más alienante. Porque aquí encontramos la virtud política, y incluso, intelectual del arte: la distracción. El arte que es sólo ilusión, ilusión de lo real, es necesariamente distracción de lo real, falso mundo, falsa apariencia de sí mismo.
El arte es la válvula de seguridad de nuestros sistemas represivos. Mientras exista y, más aún, cuanto más prevalezca, el arte se convertirá en la máscara de la distracción del sistema. Y un sistema no tiene nada que temer mientras su realidad esté enmascarada o mientas sus contradicciones permanezcan ocultas.
El artista, si quiere trabajar para la construcción de una nueva sociedad, debe comenzar por enfrentarse a los fundamentos del arte y asumir su total ruptura con el mismo. Si no, será la próxima revolución la que se encargue en su lugar.
El arte es el más bello ornamento de la sociedad tal como es hoy y no el signo premonitorio de una sociedad tal como debería ser, eso nunca.
¿Cómo puede un artista enfrentarse a la sociedad cuando su arte, todo arte, pertenece objetivamente a esa sociedad?
Él cree, ¡ay!, en el mito del arte revolucionario.
Pero el arte es objetivamente reaccionario."

Fragmento de ¿Es necesario enseñar arte?, Daniel Buren. Junio 1968