"Si una sociedad democrática es abandonada a sus propios recursos ¿qué clase de arte puede esperar? El arte es un don particular individual. Esperamos formas individuales de talentos y aptitudes individuales. Ponemos al artista en una situación difícil y esperamos que se quede allí. El producto del arte debe oler a tierra, o por lo menos al asfalto de una ciudad determinada. ¡Pobre del poeta cuyo verso sea demasiado libre y exento de estadísticas vitales, o del novelista que no se expresa debidamente! Exigimos, pero que es lo que damos.

La respuesta ordinaria es que el arte verdadero florece en cualquier parte donde la civilización esté en su apogeo y dondequiera que haya gente con ideales artísticos elevados. La mente retrocede a los griegos (un pueblo compuesto totalmente de artistas) después a la época en que el hombre construyó las catedrales (una edad poblada completamente por místicos), y ahí se detiene. El razonamiento es un círculo vicioso: una civilización es grande por su arte y viceversa.

En nuestros días la gente paga por algo únicamente si piensa que vale la pena poseerlo; si puede, como se dice, apreciarlo. El arte puede florecer solamente en una civilización que disfruta alguna superabundancia de bienes y cuya población tiene algún respeto por el arte. Hasta aquí el razonamiento es bastante conocido, pero cuando se aplica a nuestra propia sociedad parece desplomarse. Ciertamente, gozamos (estamos hablando de los países económicamente de primer orden) de tanta superabundancia como cualquier civilización anterior y tenemos ideales elevados que veneramos confundidos con familiaridades triviales. Pero preguntad a cualquier crítico con tendencias sociales cuál es la verdadera relación que existe entre el artista y la sociedad y su respuesta será: están divorciados. El artista está divorciado de la sociedad. La sociedad no le ayuda en forma adecuada; su situación social es incierta y sus producciones son soliloquios, o bien síntesis del espíritu del mundo que este mismo espíritu se niega a reconocer. Culpamos a la democracia, al capitalismo o la falta de genio, pero no nos creemos culturalmente tan prósperos como los griegos del tiempo de Pericles o los habitantes de Chartres en el medioevo."

Sobre la Sociedad y el Artista, Jacques Barzun (1966)