"- Mi amor ha servido a Dios durante largos años, mi voluntad ha obedecido por doquier a su voluntad. Pero un buen servidor lo sabe todo y también ciertas cosas que su amo se oculta a sí mismo. Éste era un Dios oculto, lleno de misterios. En verdad, su mismo hijo vino a él por caminos desviados. A las puertas de su creencia existe el adulterio. El que alaba a Dios como Dios del amor, no se ha formado una idea bastante elevada sobre el amor. ¿No quería este Dios ser también juez? Pero, el que ama, ama más allá del castigo y de la recompensa. En su juventud, este Dios de oriente era duro y sediento de venganza; edificó un infierno para divertir a sus favoritos. Pero acabó por envejecer y hacerse blando, y tierno, y compasivo, pareciéndose más a un abuelo que a un padre; pero, pareciéndose todavía más a una abuela vacilante y decrépita. Con el rostro arrugado estaba sentado al amor de la lumbre, siempre inquieto por la debilidad de sus piernas, cansado del mundo, cansado de querer; y acabó un día ahogado por su excesiva piedad...

- Viejo papa -interrumpió Zaratustra-, ¿has visto tú esto con tus propios ojos? Es posible que esto haya sucedido así; así y también de otro modo. Cuando los dioses mueren, mueren siempre de muchas clases de muerte. ¡Pues bien! ¡De tal o cual manera, ya no existe! Repugnaba a mis ojos y a mis oídos; no quería echarle en cara nada peor. Yo amo todo lo que tiene transparente la mirada y que habla francamente. Pero él -bien lo sabes tú, viejo sacerdote- tenía algo de tu casta, de la casta de los curas..., era equívoco. Además, tenía el espíritu confuso. ¡Cuánta ojeriza nos cobró este iracundo por haberle comprendido mal! Pero ¿por qué no ha hablado con más claridad? Y si el defecto estaba en nuestros oídos, ¿por qué nos dio unos oídos que le oían mal? Si había barro en nuestros oídos, ¡vamos a ver!, ¿quién lo había metido allí? A este alfarero que no había terminado su aprendizaje hubo demasiadas cosas que le salieron mal. Pero que se haya vengado en sus cacharros y en sus criaturas porque le habían salido mal..., esto fue un pecado contra el buen gusto. Dentro de la piedad hay también un buen gusto; este buen gusto ha acabado por decir: «¡Quitadnos a semejante Dios! ¡Antes mejor no tener ninguno, antes mejor organizar los destinos por cuenta propia, antes mejor estar locos, antes mejor ser Dios uno mismo!»"

Así habló Zaratustra, Friedrich W. Nietzsche