"[...] Cuando el hombre se tiende en el Gran Lecho su identidad ya no le pertenece. Su confianza le abandona y su voluntad se transforma. Su sufrimiento es atroz y anónimo. Duerme en una Ciudad de Tinieblas, miembro de una hermandad secreta. Él no se conoce ni a sí mismo ni a sus camaradas. ¡Asola una dimensión temible y desmonta, milagrosamente, en la cama!
El corazón le brinca en el pecho, un lugar oscuro, aunque algunos se sumergen en la noche como la cuchara corta el agua mansa, otros se lanzan de cabeza contra una nueva connivencia; sus cuernos emiten un crujido seco como la langosta que va a mudar las alas.
¿Has pensado en la noche ahora, en otro tiempo, en países extranjeros, en París? Cuando las calles rebosaban de cosas que tú no harías ni por una apuesta, ¿y has pensado en que ocurría entonces? ¡Los cuellos de los faisanes y los picos de los patos, balanceándose junto a las pantorrillas de los galanes, y sin pavimento en toda la ciudad, millas y millas de arroyo y un hedor que se te agarraba a la nariz a veinte leguas de distancia! ¡Los vendedores, voceando el precio del vino! Y en las callejuelas, los sangradores, y una princesa casquivana, en camisa de seda, aullando bajo una sanguijuela. Y no digamos lo que ocurría en los palacios de Nymphenburghen los que hasta Viena resonaban los ecos de las visitas nocturnas de antiguos reyes que hacían aguas menores en tazas recubiertas de terciopelos y maderas talladas. No -dijo mirándola fijamente-, ya veo que no lo has pensado, y deberías, porque hace mucho tiempo que existe la noche."

El bosque de la noche, Djuna Barnes