"En la dimensión de los muertos, éstos viven gracias a la energía de la memoria. Aquellos a los que estamos olvidando se pasean con siluetas esfumadas, casi transparentes; aparecen en áreas cada vez más lejanas. Los que recordamos surgen nítidamente cerca de nosotros, hablan, hay en ellos una alegría agradecida. Pero en la oscuridad yacen siluetas de antepasados que vivieron hace varios siglos. No porque no los conozcamos dejan de estar allí. Basta avanzar hacia sus ámbitos para que se dibujen con más claridad y nos hablen en lenguajes que quizás desconozcamos, siempre con un enorme cariño. Quienes no conocen esta experiencia, se habrán dado cuenta de que a los familiares, y a los amigos, les es muy importante que les demostremos que no nos olvidamos de ellos, felicitándolos por sus aniversarios, enviándoles tarjetas postales si estamos de viaje, llamándonos por teléfono, etc. Sabemos que, en la medida, que los otros nos recuerden, vivimos. Si nos olvidan, nos sentimos morir. Exactamente pasa esto en el mundo onírico. Si el inconsciente es colectivo y el tiempo eterno, se podría decir que cada ser que ha nacido y muerto se ha quedado grabado en esa memoria cósmica que todo individuo porta. Me atreveré a afirmar que cada muerto espera en la dimensión onírica que por fin una conciencia infinita se acuerde de él. Al final de los tiempos, cuando nuestro espíritu haya alcanzado su máximo desarrollo y abarque la totalidad del Tiempo, no habrá un solo ser, por insignificante que parezca, que sea olvidado.

También exploré la dimensión de los mitos. Allí viven los dioses antiguos, los animales mágicos, los héroes, los santos, las vírgenes cósmicas, los arquetipos poderosos. Antes de ser aceptados por ellos, debemos vencer una serie de obstáculos que son en realidad pruebas iniciáticas. Se presentan en forma maligna, nos atacan, se burlan de nosotros o parecen insensibles, dormidos, indiferentes. Jung cuenta en su autobiografía que tuvo un sueño en el que encontró en una caverna a un Buda dormido, su dios interior. No se atrevió a despertarlo. Sin embargo, si conservamos la calma, si no huimos, si reaccionamos con fe, si somos valientes y osamos enfrentarlos o despertarlos, los monstruos se transforman en ángeles, los abismos se convierten en palacios, las llamas en caricias, el Buda abre los ojos sin reducirnos a cenizas con su mirada. Por el contrario, nos comunica todo el amor del mundo, obtenemos aliados que podemos invocar en cualquier peligro. El sueño lúcido nos enseña que en ningún momento estamos solos, que la acción individual es ilusoria. El pensamiento, preso en la redes de la racionalidad, intenta rechazar los tesoros del mundo onírico. Pero sin cesar es asediado por fuerzas que vienen de las profundidades de la memoria colectiva. En la vida real, los dioses destronados se han convertido en payasos, en estrellas cinematográficas, en futbolistas legendarios, en héroes políticos, en misteriosos multimillonarios. Queremos crearnos con ellos aliados potentes, pero no tienen consistencia: con gran celeridad se deshacen en el olvido. En la dimensión onírica encontramos a las verdaderas entidades, con raíces milenarias. Allí, he podido en muchas ocasiones ver a los arcanos del Tarot, encarnados ya sea en personas, en animales, en objetos o en astros; los símbolos son entidades vivas que hablan y transmiten su sabiduría."


La danza de la realidad, Alejandro Jodorowsky