“El arte conserva, y es lo único que se conserva. El arte no conserva del mismo modo que la industria, que añade una sustancia para conseguir que la cosa dure. Lo que se conserva, la cosa o la obra de arte, es un bloque de sensaciones, es decir un compuesto de preceptos y de afectos […]
Pero lo que se conserva no es el material, que constituye la condición del hecho; lo que se conserva es el precepto o el afecto”.
La materia puede envejecer pero la obra como precepto sigue siempre joven. Como observa Vatimo, la obra de arte es el único tipo de artefacto que registra el envejecimiento como un hecho positivo, “que se inserta activamente en la determinación de nuevas posibilidades de sentido”. Lo que se conserva de la obra, lo que hace a su eterna vigencia, no es su materia, a pesar de que ella constituye la condición del hecho. Lo que se conserva es el precepto y el afecto. Ahora bien, ¿qué es exactamente precepto? El arte, de acuerdo a Deleuze y Guatari, tiene por finalidad arrancar el precepto de las percepciones del objeto, así como también arrancar el afecto de las afecciones.
Los artistas, aquellos que conservan ese minuto que está pasando en el mundo, tienen algo en común con los filósofos: una salud endeble provocada por las “enfermedades de vivencia”. Ellos han visto en la vida algo demasiado grande para cualquiera, demasiado grande para ellos, y que los ha marcado discretamente con el sello de la muerte. Pero este algo también es la fuente o el soplo que los hace vivir a través de la enfermedades de vivencia (lo que Nietzche llama salud) “Algún día tal vez se sabrá que no había arte sino sólo medicina.”
No supera menos el afecto a las afecciones que lo que el precepto supera a las percepciones. El afecto no es sólo un estado vivido, no es sentir una emoción particular (de alegría, de pena, de miedo). Es más que eso. Es sentir que la obra nos apela profundamente. Es sentirnos afectados por ella. Y cuando algo nos afecta, nos detenemos, cortamos el ajetreo cotidiano para ver algo que hasta entonces no habíamos visto. Afectados, llegamos a ser uno con la obra, abandonamos el principio apolíneo de individuación y activamos el principio dionisíaco de pérdida de los límites sujeto-objeto. No sólo las artes plásticas, claro está, procuran este tipo de experiencia. También lo hace la música, la danza, la poesía.
En síntesis, el arte hoy requiere de nuevas competencias que hagan entender, por ejemplo, que lo banal, lo frívolo o lo kitsch no ocupan caprichosamente el sitio de lo transcendente, que esa ocupación de lugar no es arbitraria sino estratégica. Es preciso perfeccionar las primeras impresiones para poder participar de un nuevo tipo de goce estético teórico. Explicando su demora en Roma y en sus obras artísticas, decía Goethe, “El placer de la primera impresión es incompleto, sólo después de examinada detenidamente y haber sido estudiada poco a poco la obra entera, el goce alcanza su plenitud”. Por eso aconsejaba, ante todo, observar, observar, observar y no abandonarse a la violencia de la primera impresión. Ésta es la razón por la cual concluye: “Ahora más que gozar, estudio”."


Elena Oliveras. Estética, la cuestión del arte.