"Pero un desdichado que se ha apartado de la sociedad humana y que no puede hacer aquí abajo nada útil ni bueno para otros ni para sí, puede encontrar en ese estado compensaciones a todas las dichas humanas que la fortuna y los hombres no podían arrebatarle.
Es cierto que tales compensaciones no pueden ser sentidas por todas las almas ni en todas las situaciones. Es preciso que el corazón esté en paz y que ninguna pasión venga a turbar la calma. Se necesitan disposiciones de parte de quien las experimenta, se necesita el concurso de los objetos que lo rodean. No es preciso ni un reposo absoluto ni demasiada agitación, sino un movimiento uniforme y moderado que no tenga sacudidas ni intervalos. Sin movimiento la vida no es más que una letargia. Si el movimiento es desigual o demasiado fuerte, despierta; al devolvernos los objetos circundantes, destruye el encanto de la ensoñación y nos arranca de nuestra interioridad para ponernos al instante bajo el yugo de la fortuna y de los hombres y devolvernos el sentimiento de nuestras desgracias. Un silencio absoluto conduce a la tristeza. Ofrece una imagen de la muerte. Entonces se precisa la ayuda de una imaginación risueña, que se presenta bastante naturalmente en aquellos a quienes el cielo se la ha concedido. El movimiento que no viene del exterior se forma entonces en nuestro interior. [...]
Al salir de una larga y dulce ensoñación, al verme rodeado de verdura, de flores, de pájaros, y al dejar vagar a mis ojos a lo lejos sobre las pintorescas riberas que bordeaban una vasta extensión de agua clara y cristalina, asimilaba a mis ficciones todos aquellos objetos amables, y al encontrarme al fin devuelto gradualmente a mí mismo y a lo que me rodeaba, no podía señalar el punto de separación entre las ficciones y las realidades, tanto concurría todo igualmente a hacerme querida la vida recogida y solitaria que llevaba en aquella morada."

Las ensoñaciones del paseante solitario, Jean-Jaques Rousseau