La máquina del eterno movimiento, del cómo explicar el arte a través de un pequeño relato:

"En opinión del Poeta, la eficacia narrativa no dependía en ningún caso del contenido ni de la forma, de la intención ni del resultado, de la ambición o del argumento, del arranque o del final, de las intuiciones explícitas o las intuiciones inconfesadas, sino de la inspirada conversión de todos estos elementos (o de algunos de ellos) en piezas exactas de un sistema de pesas y medidas cuya disposición y concatenación producirían el milagro de una vida paralela: la ingrávida libertad de la máquina del eterno movimiento.
Y el Poeta ponía ejemplos, señalaba cómo dos escritores empleando aproximadamente los mismos materiales, obtenían resultados absolutamente dispares: el genio comunica no una ilusión, sino la vida misma, algo que funciona gratuítamente, mientras que el escritor vulgar no hace más que ofrecernos un remedio, un espantapájaros incapaz de mover los brazos sino se le presta una fuerza espuria o extrínseca, que habitualmente procede de la moda, del momento, del propio lector en suma.
Había reconocido aquel pensamiento como suyo, y a partir de él había concebido el propósito de buscar una fórmula para uso personal, que le permitiera fabricar dentro de sí aquella máquina imposible sólo en apariencia. [...]
Ahora bien, tal máquina, según sus previsiones, no debía formarse pieza a pieza, no era cuestión de construirla e insuflarle luego un movimiento que ella atenazaría para siempre, sino que había de nacer por sí misma, como las criaturas en el vientre de su madre frente al espejo blanco. La única condición requerida para ello era precisamente dejarla nacer, favorecerla. Empresa ardua y dudosa, tan difícil acaso como coronarse con el nirvana que fingen algunos orientales, pero no menos noble y fascinante. Apartarse del camino, una vez hallado, ¿no era peor que traicionar a un ser querido?"

Extraído de El licenciado vidriales, Escaleras en el limbo, de Agustín Cerezales.