"Todo era una broma, pero yo creí ver en aquello una total seriedad y un homenaje, que me hicieron feliz, me proporcionaron los mejores momentos de mi vida. Canté para ellos las tonadas que me habían enseñado Mariuccia y Domenica, les hablé de los perversos ojos de los búfalos, de nuestro saloncito, en las ruinas de un túmulo. Demasiado rápido transcurrió el tiempo, llegó la hora de volver a casa, acompañado de mi anciana madre adoptiva.
Íbamos cargados de pasteles, frutas y relucientes monedas de plata; ella estaba feliz y contenta, igual que yo, pues había hecho numerosas compras: prendas de vestir, utensilios de cocina y dos grandes frascos de vino. El atardecer era de una belleza infinita. La noche se adormecía sobre árboles y arbustos, pero arriba del todo colgaba la luna llena, como una preciosa barca dorada, en medio del inmenso cielo azul oscuro, que derramaba frescor sobre la requemada campiña.
Pensé en las espléndidas salas, en la amable señora y en los aplausos, soñé despierto, y también durmiendo, los mismos bellos sueños que pronto se convertirían en realidad, en bella realidad."

El improvisador, Hans Christian Andersen