"En la cama, rodeada por una colección de plantas en macetas, palmeras exóticas y flores cortadas, y las notas ligeramente excesivas de pájaros ocultos que parecían olvidados -dejados sin la habitual funda silenciadora, parecida al paño de urna funeraria, con la que las buenas amas de casa suelen tapar la jaula por la noche-, semiderrumbada del soporte de los almohadones, abandonada durante un amago de vuelta en sí, yacía pesadamente la muchacha, con desaliño, las piernas enfundadas en pantalón de franela blanca, separada como en un paso de baile y los pies calzados con unos zapatos de grueso charol que parecían muy livianos para la pirueta interrumpida. Las manos, largas y hermosas, a cada lado de la cara.
El perfume que exhalaba su cuerpo era de la calidad de esa carne de la tierra que es el hongo, que huele a humedad capturada y, no obstante, es seco, ahogado por el aroma del aceite de ámbar que es una enfermedad interna del mar, sugestivo de un sueño imprudente y total. Su carne tenía la textura de la vida vegetal y, debajo, se intuía una estructura ancha, porosa y desgastada por el sueño, como si el sueño fuera una podredumbre que la roía por dentro, debajo de la superficie visible. Alrededor de la cabeza tenía un fulgor que era como esa fosforescencia que envuelve las aguas, como si la vida residiera en ella por imprecisas nebulosas -imprimiéndole el carácter turbador de la sonámbula nada que vive entre dos mundos-, híbrido de niño y de bandido."

El bosque de la noche, Djuna Barnes.